Césareo Martínez – El sordo cantar de Lima

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“Abro el corazón, entonces, para ver mejor. Mas el corazón está flojo, pesado pedernal de niebla.”

 El sordo cantar de Lima es un poemario del peruano Césareo Martínez. Fue dedicado a su esposa y obtuvo el segundo puesto en el concurso Casa de las Américas del año 1982. En este poemario nos cuenta su relación con la capital peruana, la ciudad de Lima, la ciudad del eterno cielo gris y sus nieblas, su mar y sus migraciones. Donde describe Estamos sacudiendo la puerta de Lima. Ahora ya está abierta para todos. Mostrando sus entrañas de locura y agua muerta, la ciudad de Lima está aquí. Inclusive para los raudos pájaros de cantar nocturno, abierta para los rayos del sol.

 

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CÉSAREO MARTÍNEZ – EL SORDO CANTAR DE LIMA

Para Max Silva Tuesta, extraño habitante limeño

que escapó a la niebla.

 

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I

Está abriéndose la noche.

Está abriéndose el tiempo.

La gran puerta de Lima se está abriendo.

Hay un estruendo como de cielos que crujen,

como de hombres que crujen.

Oigan animalitos y hombres desterrados, la puerta de Lima

está abriéndose.

Veamos. Un solo grito más, una sola señal humana

Sufriente,

Y habrá pasado el primer hombre.

Con su temeroso cargamento de amuletos y arco iris, ellos,

Los desterrados,

Estamos sacudiendo la puerta de Lima.

Ahora ya está abierta para todos.

Mostrando sus entrañas de locura y agua muerta, la ciudad

de Lima está aquí.

Inclusive para los raudos pájaros de cantar nocturno, abierta

para los rayos del sol.

 

Oscurecidos por la indiferencia, encallecidos por el sol,

penetremos ahora.

La tierra está humeando. Y en tu rostro aún gimen

las briznas de la noche.

He dejado a descansar mi caballo brioso y he plantado

mi cabeza en el arenal.

Mis brazos en el arenal. Y estos ojos transidos de vigilia

en el seco arenal.

He desparramado mi cabeza entre las arenas. Aquí es donde

alcanzará alguna belleza.

O tal vez, con sus horrendos zumbidos, estos locos vientos

la despeñen en el desatino,

irremediablemente en el desatino.

 

Las arenas retienen la calentura para la noche.

Pero la noche, lo sé tardará mucho.

He de hacerme un espacio para entonces,

un espacio de verdura y aguas vivas,

pero que no exceda el tamaño de mi familia.

Vuelve mi cabeza. Se sacude se extiende se extraña

y se olvida.

Tensada por el aire,

tristemente atenazada por las abluciones de estos vientos,

se olvida.

 

Ahora el sol asciende con malicia.

El mismo sol que abunda y merodea tanto tiempo

en los cielos, tanto tiempo abundando

sobre nosotros, sin embargo lejos de nosotros.

He plantado mi choza en los alrededores, donde los dioses

disputan un espacio a las ratas.

Pero las ratas, con sus ojos azorados, invierten el tiempo de los hombres.

Y el tiempo de los dioses parece que ha concluido.

 

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II

No es el día ni es la noche.

Sólo amanece o anochece; no lo sé.

Una sombra quebradiza se arrastra oscureciendo el aire

y la visión de las cosas.

No hay rastros de dioses ni la pezuña gris de las bestias

oliendo el arco iris.

Sólo amanece o anochece. No lo sé ni podré ya saberlo.

Seca y sorda es esta tierra.

Seca y sorda para mis sentidos (que ya no sienten);

para mis ojos que sabían tantear en la oscuridad.

 

Atrás, muy lejos, aúllan los abismos cirniendo la arena azul

del tiempo.

Sé que esos aullidos tienen una voz para mí. Una señal sutil

que salvaría mi cuerpo.

Pero ya no entiendo su parloteo; ya no percibo su mensaje.

No puedo volver la cabeza.

Algo atroz como los reflejos del sol en la nieve

me lo impide.

No puedo enderezar mis ideas.

 

Sólo tiemblo y habito en silencio.

No sé si amanece o anochece. Es incierta esta hora

y el miedo amenaza desde cualquier lugar.

Presintiendo que entraba en otros abismos, abrí los ojos

para no extraviarme.

Ni de día ni de noche. Sólo la tenaz niebla arrastrando

este mundo.

Sólo este chirriar de la niebla atormentando mis ojos.

Abro el corazón, entonces, para ver mejor. Mas el corazón

está flojo, pesado pedernal de niebla.

 

La gran puerta de Lima es la niebla. Sus patios y despensas

son de niebla.

Nacen en la niebla. Comen y se ayuntan en la niebla.

Si sueñan, sus sueños son de neblina.

En Lima sólo amanece o sólo anochece. No es el día,

que es perfecto y hecho de urgencias.

Ni es la noche, que es cerrada tutaytuta.

 

Penetré en la niebla a tajo abierto. Abrí la niebla para que

mis pies conocieran las arenas.

Y las arenas al principio calentaron mi corazón. Entonces

toqué las puertas de niebla.

Toqué las grandes y las chiquitas. Toqué las puertas diminutas.

Aquéllas que son alumbradas por la esperanza y la sombra de quien llega.

Pero jamás llegué. Descansé mucho para llegar tarde

sobre las arenas de la niebla.

La niebla es buena en Lima. Pero no es la noche.

 

No hay noche ni día en Lima.

Entre la niebla es difícil saber quién te habla, quién te ama,

quién te escupe.

Puede estar abierta la ciudad. Puede estar despierta

o dormida.

O pudieron haberla trastornado.

Pero la niebla te arrastra haciéndose extraño a ti mismo.

Urgido de sol trago niebla. No me equivoco. Transito bajo

la niebla ceremoniosamente.

Ahora ya no podré volver la cabeza.

Siento arder mis ojos y temo la enorme sombra de los

cerros que aún crece en mi memoria.

 

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III

Visto el sol

Sólo el sol. El único

Es decir el cínico

El que se zafó de mí y vino a sentarse

a esta mesa

Veámoslo arder:

Sólo bajo el sol sentencioso

Hablará la sabiduría

Y cantará para todos

Y todos los animales brillarán

Sacudiendo sus cuerpos deformes bailarán

Clavando sus garras en la tierra danzarán

Ya verán. El sol besará a todos

Y todos lo besarán

Diminutos para el sol

Oscuros para el sol arden los hombres

Solo el sol de quinientos mil años

El sol sólo de quinientos mil barbas

Sólo el sol siempre solícito

El que se zafó de mí y se fue saltando

a danzar con ustedes

El verde sol oscuro

El que desata el arco iris

Este que nos abandona sin inmutarse

El que se quita y nos deja llorando

El purísimo sol arcaico

Este novísimo sol incaico

El que se zafó de ti y vino llorando

A encender mis sueños

Este rico sol de los pobres

Este más rico sol de los más pobres

Sólo el sol siempre solícito

No este que está arriba

Sino el que está más arriba

El que está en el cielo de Lima

El único. Sólo el sol

El sol de Lima.

 

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IV

¿Dónde están ahora los dioses?

Bajo esta sorda tierra no se mueven.

Tal vez estén ocultos, dominando con sus alas

otros mundos,

otros resplandores.

Tal vez. Tal vez.

Dónde están ahorra que profano sus normes,

convocándolos a esta danza,

incitándolos a que bailen y se pronuncien.

Porque si no danzan, consideraremos que han perecido.

Hace tiempo que no se escucha el dulce canto de la torcaza

y sé que esta mañana

nuevamente será de urgencias. Y sé que hacia el mediodía

arderá la bruma.

Ni dioses, ni bestias.

Sólo estos hombres, carcomidos por el uso de las auras,

sintetizados por la luz, discurriendo bajo la niebla.

Tan atentos a las cosas, entresacados de las cosas,

sin la capacidad

de nombrarse a sí mismos, sin la potencia ya de un grito.

 

¿Hacia dónde encaminas ahora tus pasos, presuroso

corredor de los ceros,

antaño tronador de las eras?

Con la mira incierta mides el declive de los edificios

donde tú mismo,

a la hora de la existencia, habrías cambiado de plumaje.

Escuchas el trotar de la muchedumbre (¿hacia dónde van?)

y aguaitas

el interior de las casas; intuyes que todo bien.

Todos están vivos pero nadie te ha visto; ninguna sombra

se ha topado con tu sombra.

Habitas. Solamente habitas.

Sin embargo presumes que existes.

Ellos escrutaron tu rostro mas tu cuerpo se mantiene

intacto.

Tu cerebro camina pero esta mañana ha gemido tanto;

salvado de las charcas,

tu cerebro ha explotado muchas veces.

Pero tu cerebro trabaja y tus brazos descansan esperando

el abrazo de tus bestias.

Animalito citadino, reconoce tus alimentos.

 

Ya es mediodía.

Ha caído la bruma y la hambruna.

Sobre los techos de las casas repta la bruma.

Sobre los pechos de los hombres crepita la hambruna.

Ni dioses, ni bestias.

Melanio Ataucuri Sono, sobre tus ojos violentos

ha caído la bruma.

 

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V

Algo de paz, Señor

Hay un estruendo como de hombres que crujen

Sobre las alas de la luciérnaga se viene la noche

Y pronto nos habrá engullido a todos por igual

Un hombre vestido de hombre contempla el horizonte

desde el puente de Chosica

Y allá en el cielo no hay menos rojo que azul; aunque

el ocre ya se insunúa

Este hombre ha parecido tanto durante el día

En el día ha mutado tanto que ya no tiene memoria

Sólo la baranda del puente, Señor, resiste su temblor

Rencorosas bajan las aguas del río ya sin sol

Y las sombras, vengativas, ascienden por el valle

Es la hora de los deslindes entre el cielo y la tierra

La hora en que la simple luciérnaga lo dice todo

El hombre ha vuelto la cabeza del lado de los vientos

Es que necesita aire para seguir pereciendo

Ahora el cielo ha completado su telar ocre

Animal insurrecto, el río, ha levantado la voz

Sobre los ruidos humanos, Señor, el río ha levantado

su voz

Pero el hombre está allí, perplejo y maravillado

La escena del horizonte lo tiene embrujado

Aunque, al parecer, es el crepúsculo quien gime

Como una fiera descubierta en su acto sagrado, gime

Que esta visión sea, por hoy, su recompensa.

 

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