José Watanabe – Antígona

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“No me respondan. Hoy toda palabra o murmullo entra en mi pesadilla y la enciende más.”

José Watanabe, poeta peruano nacido el año 1946. Su padre era de origen japonés y su madre peruana, y la fusión de ambas culturas se manifiesta en sus poemas. Una mirada reposada, como narrando una pintura, decía él. En el año 1999 escribió una versión libre de Antígona, clásica tragedia griega escrita por Sófocles, en forma de poemas.

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José Watanabe – Antígona

1.
NARRADORA
(Entra a escena trayendo una caja entre las manos. La deja a un lado del
escenario. No la abrirá hasta el final de la obra)
Hoy es el primer día de la paz.
Las armas enemigas aún no han sido recogidas y están dispersas
sobre el polvo como ofrendas inútiles.
Qué rápido el viento de la madrugada ha borrado las huellas de huida de los
argivos.
Cuando la luz es brillante como la de esta mañana, parece que el pasado
es más lejano.
Pero no, ellos huyeron apenas anoche, no más noches.

Antes de nuestro último sueño fue el tropel de su desbande.
Vinieron
y se posaron sobre nuestros tejados cual águilas armadas
y pusieron en nuestras siete puertas
siete renombrados capitanes
y nunca acallaron sus siniestros gritos de guerra.
Pero Zeus, que abomina los alardes de la lengua altanera,
estuvo con nosotros.
Acosados por nuestros batallones, corrían por su vida aquellos que cantaban
que habían venido a beber nuestra sangre.
No la bebieron y agradezcamos hoy la vida
y el sol
y la paz que es un aire transparente, y empecemos a olvidar.

2.
NARRADORA
Los pastores han llevado las cabras y ovejas
más allá de las colinas de Tebas, adonde el pasto
no esté sucio de sangre.
Volverán cuando todos los muertos de la guerra estén enterrados
y nueva yerba crezca sobre los túmulos.
Apúrense enterradores,
junten sabiamente en una misma fosa a nuestros soldados y a los enemigos
pus ambos están hechos de la misma carne
y oliscan el aire por igual.
¿Ven ese cadáver sobre la tierra más árida, tendido
perfectamente de perfil?
Se llama Polinices y aunque semidesnudo,
aún mantiene las brillantes insignias de capitán argivo.
Murió por un juego perverso de los dioses.
Ellos observan las batallas como un espectáculo, ignorando
quién hiere a quién en el fragor del combate
o qué flecha lleva dirección de cuerpo preciso.
Pero en una de las siete puertas,
los dioses sí pusieron voluntad para que se enfrentaran dos hombres señalados,
nuestro capitán Etéocles
y el capitán atacante, Polinices.
Ay juego perverso:
los dos guerreros de largas lanzas que quedaron mirándose,
increpándose,
solitarios en sus armaduras fulgurantes, ay juego perverso,
eran nacidos de una misma madre y de igual padre.
El movimiento fue simultáneo: una lanza avanzó y la otra vino
y así la muerte se hizo dos, pero entera en cada hermano.

3.
NARRADORA
Destino es de los débiles crear señores del poder,
así como en sueños creamos seres para nuestro miedo, y sólo el dormido
los ve, y se angustia.
Pero ahora estoy en vigilia y ver a Creonte me intimida.
Coronado ayer, es el más reciente rey de Tebas, y sin embargo
ya su ceño es fruncido.
Está bajando lentamente los escalones de su palacio y sé que no trae en la boca
palabras felices.

CREONTE
Nuestra patria nuevamente es una tierra de sosiego.
Después de las violentas marejadas de la guerra,
las cosas se han asentado y funcionan como originalmente.
Miren alrededor:
el vino está en las ánforas,
los sirvientes sacuden las alfombras en las ventanas,
el amor anida otra vez, y felizmente por igual, en los inmortales
y en los hombres efímeros,
y los muertos de la guerra ya todos están abrigados por la tierra,
excepto uno.
Excepto uno.
El cuerpo de Polinices quedará insepulto, carne
de disputa y hartura de las aves y de los perros voraces.
Porque él, que fue desterrado, vino con los crueles argivos
dispuesto a ver con placer el fuego consumiendo la ciudad de sus padres.
La no tumba para él es mi determinación
porque jamás los malvados recibirán más honra que los justos,
y que así quede pregonado.
Y pregonado también quede el castigo: aquel
que le haga exequias, que le haga duelo o que le cubra con tierra, agregará su
propia muerte a la del muerto.
Ahora vayamos todos a concluir las honras de su hermano Etéocles:
dispongan carrozas, caballos, flores, banderas,
y ustedes, capitanes de la guerra, agreguen un mechón de sus cabellos
para que se consuma con el cuerpo de aquel cuya causa fue la patria.
Queden así en el olvido los pasados combates
y vayamos a los templos de los dioses en danzas nocturnales,
¡ y que Dionisio sea nuestro guía!

4.
NARRADORA
La muchacha, más niña que mujer, sentada en aquel patio…
qué abatimiento tan serenamente llevado.
Hermana de los dos muertos, del honrado con sepulcro y del otro, afrentado sin
él,
mira distante nuestro paso. La culpa que sentimos está en nosotros, tebanos,
no en la intención de su mirada,
porque nadie, ni el consejero más sabio, se atrevió a refutar la orden de Creonte
que es dañosa para nuestra alma.
¿Qué cosas arden en tu corazón, Antígona?
¿Adónde vuela tu resentimiento, muchacha?
¿A Zeus, que ha descargado sobre tu familia cuanto dolor hay en el mundo,
o al rey que ahora se ensaña con tu hermano?

ANTÍGONA
Un cetro, un trono, y venias, muchas venias alrededor
están con Creonte.
Oh rey, no necesitabas mucho para hablar con voz de tirano.
Nadie conoce el verdadero corazón de un hombre hasta no verle en el poder.
Antes de la guerra pasaba silbando por este jardín, acariciaba
mi cabeza de sobrina
y luego se perdía por el soleado atrio. Era otro sol
y yo era otra sobrina.
Ese mismo hombre ordena ahora que me regocije con la Victoria
y ponga en olvido al insepulto Polinices
como si no fuera mi hermano.
¿Cómo entrar danzando y cantando en los templos
si en la colina más dura hay un cuerpo sin enterramiento?
¿Cómo brindar, borrando de mis ojos lo que no ven
pero que ciertamente es?
Es un cadáver cercado por guardias, vigilado día y noche
para que ni siquiera el viento le cubra con tierra.
Pero si eres perro o ave carnicera, puedes llegarte
y destazarlo y morder la preciosa carne
del hermano mío.
Hermano mío, pero ya no pariente mío
sino muerto de todos, dime qué debo hacer.

5.
NARRADORA
Los dioses te hicieron nacer hembra, Antígona.
Poco puedes hacer sino obedecer las leyes, así caigan sobre los muertos
como sobre los que vivimos todavía.
Tienes el corazón puesto en cosas ardientes, en deseos
de desobediencia que a otros helarían o convertirían
en estatuas del miedo.
Descansa, deja que el sueño sea apacible tregua
mientras transcurre la larga noche. Duerme.
(Se hace la noche, luego amanece)

6.
NARRADORA

Las raudas sandalias del guardia
que viene corriendo por un atajo de las colinas, de tan raudas
parecen que apuran la luz del amanecer.
¿Qué mensaje palpita en su lengua, qué noticia
lo demuda en su carrera, qué nueva calamidad guarda
en sus cerradas palabras?
Ya sube los escalones húmedos de palacio,
ya sólo tiene aliento para pedir que lo anuncien ante el rey.

GUARDIA
Qué difícil llegar hasta ti, rey, no por tus alturas en el poder
sino por mi temor de darte el bocado que traigo.
Cuántas veces me he detenido en mi carrera
porque el corazón me decía: “vuélvete, regresa, cuidado,
que apenas dando la noticia, tú mismo la has de pagar”.
Con tales pensamientos
el camino corto me ha dado un viaje largo.
Sí, sé que estoy hablando para dilatar el tiempo mío
y sólo logro tu real impaciencia.
Sea entonces la noticia: anoche alguien ha sepultado a Polinices.
No, no es que el muerto esté acogido bajo la tierra,
sino que le han frotado fino polvo sobre toda la piel.
El alguien inició así el rito del soterramiento,
pero la luz del alba lo hizo huir.
Guardias contra guardias nos hemos culpado,
pero será, te pregunto, negligencia de hombres si el desobediente de tu decreto
fue un dios?
Ese pensamiento silenció de pronto nuestra discusión allá en la colina.
Señor, convendrás que quien llega y huye
deja huellas,
y no había ninguna, ni de rueda ni de pie ni de arañazo de azada.
¿No te dice el corazón, como a nosotros, que el enterrador llegó por el aire
o que no es de visible sustancia humana?

7.
NARRADORA
En la puerta de Bóreas
el viento agita como tristes banderas los andrajos de aquel hombre que viene
reo.
Culpado avanza
mientras los cumplidores guardias lo apuran con lanzas
y la turba le hace andante ruedo.
Dicen que merodeaba el cadáver de Polinices
y que había tierra en sus uñas.
Ahí tienes, Creonte, al que anoche retó tu orden.
¿Vas a juzgarlo?
Risible juicio, rey, o sainete: ¿Cómo lo harás venir a la cordura
si el hombre tiene la razón trastocada?
Es el loco que hace años pide limosna junto al monumento de Anfión.
Hoy, prisionero, grita que en la colina sólo buscaba a su perro.
Sus otras voces
sólo suenan en su cabeza atormentada, en su locura
donde no existen reyes ni héroes ni traidores,
sino sólo un perro.

8.
NARRADORA
Yo recuerdo:
las alamedas eran primaverales
y Antígona corría y reía como un pequeño ciervo con sus amigas.
El único acontecer trémulo
era la primera sangre menstrual, brillante y limpia,
y el único vaticinio
lo traía el viento al cifrar los vestidos a los cuerpos, y anunciar así
cuerpos plenos y deseables.
Nada presagiaba a la joven sombría que hoy camina sola bajo los pinos
y apoya la mejilla en la áspera corteza para que nada en ella descanse
serenamente.
Los dioses de la alameda la miran pasar y ninguno, desde sus mármoles,
la consuela.

ANTÍGONA
Oh dioses, pudiendo habernos hecho de cosa invisible o de piedra
que no necesitan sepultura
¿por qué nos formaron de materia que se descompone, de carne
que no resiste la invisible fuerza de la podredumbre?
Qué impúdico, que obsceno
es acabarse insepulto, mostrando
a los ojos de los vivos blanduras y viscosidades. Tal castigo,
y peor, padece mi hermano
porque también es abasto que desgarran alimañas, buitres y perros.
Altos pinos que me vieron pasar cuando yo era niña,
¿divisan a mi hermano? ¿el viento le ha quitado el fino polvo
con que cubrí su desnudez al amanecer?
¿Tendré otra vez valor para burlar la redoblada guardia
o debo resignarme a que su cuerpo, al entrar el otoño,
sea sólo huesos y una mancha oleosa sobre la grava?
No, no me respondan. Hoy toda palabra o murmullo entra en mi pesadilla
y la enciende más.

9.
NARRADORA
Era la medianoche
y el palacio de Creonte parecía un barco anclado y seguro.

El viento había amainado
y las antorchas se consumían con llama inmóvil y azul.
Contemplando el edificio, pensé en los modos del poder:
un hombre inmisericorde duerme entre sedas, me dije.
De pronto
en la habitación más alta se encendió una luz y otra luz
y vi a Creonte caminar y caminar turbado. ¿Lo despertó
un mal sueño
o el escozor de la desconfianza que tiembla en la piel de todo tirano?

CREONTE
El guardia habló con lengua supersticiosa. No viendo huellas,
él y sus compañeros de simpleza
sospecharon una divinidad intentando sepultar el cadáver de Polinices.
¿Qué dios puede tomarse ese trabajo
con alguien que llegó hasta las puertas de la ciudad
levantando teas ardientes
dispuesto a incendiar templos, altares y sacros tesoros?
¿O hemos llegado al tiempo en que dioses falsos
enaltecen a los traidores?
No: ahora veo: la simpleza del guardia era fingida
y el dios enterrador era pícaro invento
para ocultar su complicidad pagada.

Hay ciudadanos resentidos porque no ocupan un sitio a mi lado.
Ojos que yo envío por toda la ciudad
han visto que a mis espaldas mueven la cabeza y murmuran diatribas.
A ellos no les duele el cadáver de la colina, les duele mi poder,
y para minarlo
dejaron caer monedas sobre la palma venal de un guardia.
Sí, la arriesgada y vergonzosa empresa de mi servidor
sólo puede hallar explicación en el lucro.
Y luego quisieron confundirme como al rey ingenuo de las fábulas
trocando a un dios con un loco que se arrodilló ante mí y habló confusas palabras
entre llantos y babas.
Poder y traición están en la misma medalla,
El día de mi primer mando tuve mi primera felonía:
desapareció la mascarilla mortuoria de Polinices, aquella
que hice para que el enemigo tuviera un rostro
antes de que bajo el sol, como ordené, perdiera sus facciones.
Ay traidores, tiemblen, porque tampoco bastará la muerte sola para ustedes.

10.
NARRADORA
He visto a Antígona corriendo sigilosa de una columna a otra,
de una esquina a otra
como escondiéndose de nadie.
Al salir por la puerta Bóreas
su apurado vestido blanco parecía ir solo como una sábana volada de un cordel.
La perdí de vista cuando entró en la llanura,
pero en la frente llevaba un pensamiento que la transfiguraba
y la hacía más bella en su veloz caminar bajo el sol del mediodía.

ANTÍGONA
Polinices, hermano mío, te preguntarás cómo he llegado hasta ti.
Todo hombre tiene su arrogancia
y la de los guardias es creer que en hora tan luminosa no puede haber audaces.
Doy gracias también a los vientos del norte
que se rizan en torbellinos y recorren las colinas
levantando columnas de polvo que suben hasta las nubes.
Envuelta en un torbellino he venido. Estoy llena de briznas,
pero el vino del cántaro está limpio.
Cuán malamente te han raspado el polvo
que te puse anteanoche. Quieren para ti la más absoluta intemperie,
pero yo he venido a abrir la tierra para ti.
Recibe otra vez sobre tu cuerpo este polvo consagrado
y estas tres libaciones del vino de mi boca, pero en nombre de todos.
(La sorprende un guardia)
Ser sorprendida era mi riesgo, guardia, pero déjame
que termine de abrir la tierra para que sea madre
y acoja a Polinices como acogió a Etéocles.

Son hermanos irrenunciables, guardia, ya sin facción ni contienda
y acaso mutuamente se están llamando.
En tu corazón sabes
que no es bueno que el uno esté abrigado por la tierra
y el otro siga errando,
alma en pena que mira con tristeza o cólera su propio cadáver.
Quiero que toda muerte tenga funeral
y después,
después,
después
olvido.
En tus amarras, guardia, está empezando mi muerte.
Recuerda mi nombre
porque algún día todos dirán que fui la hermana que no le faltó al hermano:
me llamo Antígona.

11.
NARRADORA
Gentes de Tebas
que miran y se esconden como monos curiosos,
la que va por las calles dentro del círculo de guardias como animal de cacería
es en verdad la única princesa de esta tierra.
Véanla ahora
subiendo los escalones de palacio: si desatadas van
las correas de sus sandalias, muy entradas en sus carnes
están las amarras de sus sagradas muñecas.
Gentes de Tebas,
ya Antígona y Creonte están en sus inevitables papeles.
Ella ocupa su asiento de reo
y él ahora no sólo es rey, sino la estentórea voz del destino
y su inclemencia.

CREONTE
Naciste
del vientre de mi hermana y lazo de amor te une a Hemón, mi hijo.
Eres, pues, más pariente mío que muchos.
Doble dolor y doble cólera arden en mi alma.
Es justo, entonces, que doble rigor tenga contigo.
Mi hijo Hemón deambula incrédulo por pasajes y habitaciones,
ya sabiéndose novio de una segura condenada.
Porque condenada estás desde que los bandos pregonaron la orden y el castigo.
Y sin embargo ríes, y esta insolencia es mayor que la del enterramiento
porque allí burlaste a simples y oscuros guardias
y aquí tu sorna y jactancia
son ante tu rey.
Siempre es más fácil ordenar la muerte
de aquel que comete un delito y luego lo toma a honra. Tu risa
hará que condenar también sea un placer.
¿Pero quién más ríe contigo?
¿Qué cómplices se ocultan en sus casas a gozar tu osadía?
¿Ismene, tu hermana, también te asistió y es la otra cabeza
de la víbora bicéfala?

ANTÍGONA
La víbora tiene una sola cabeza, Creonte.
Mi hermana Ismene es inocente. Sus pensamientos más atrevidos
no van más allá de su tímido frontal.
Dices que he violado tu ley.
¿Pretendes tú, mortal, prevalecer
por encima de las leyes no escritas pero inquebrantables de los dioses?
Sólo ellos tienen mandato sobre los cuerpos de los muertos.
Recuérdalo: sólo ellos.
Sé bien
que Polinices venía a devastar nuestra patria y que Etéocles la defendía,
pero ahora, muertos, el Hades les otorga igualdad de derechos.
Como ves,
he preferido cumplir con los dioses y no con tu arrogante capricho.
Sucumbir por tal motivo es ganancia, y no me duele.
Doleríame, sí, que el hijo de mi misma madre
quedara insepulto. Tú sigue llamándolo enemigo
hasta el fin de tus días,
pero yo he nacido para amar, no para compartir odios.
Ha de parecerte que hay sonido de locura en mis palabras,
pero no, la locura está en tus oídos.
¿Sabes que hay muchos tebanos que alzarían estas mismas palabras,
que las dirían a voces por calles y plazas
si el miedo no les cerrara la boca?
Los dioses quieran, Creonte,
que no te dure el privilegio de ordenar impunemente lo que te place,
y quieran también acabar pronto con tu gozo de escuchar
sólo el multitudinario
e indigno
silencio.

12.
NARRADORA
No supongamos tanta dureza en el corazón del rey.
Seguramente ha vencido mil dudas antes de sancionar a la joven
que hizo promesa de amor con su hijo
y es tan cercana de su sangre.
Ay Antígona, qué hermosa y altiva presa eres. La escolta de guardias
no perturba tu caminar lento
y regio.
Vas mirando sin ansia
rostros en las ventanas, árboles, veredas, un brillo de sol
en una aldaba, y mil cosas que para ti son últimas.
No te llevan a cadalso, a final que viene raudo como viaje
de flecha o vuelo de hacha, no:
Creonte te ha señalado muerte para la memoria de todos, muerte
que se vocee así:
si tamaño castigo da a pariente ¿qué pueden esperar otros enemigos?
Vas, Antígona, a muerte más larga y perversa.
Entre el roquerío de la montaña
hay profundas y caprichosas cuevas. En una de ellas serás lanzada y vastamente
tapiada.
Cárcel te será
mientras te duren las interminables horas de hambre y sed y oscuridad
y luego secreta e inmensa tumba, porque no sólo te albergará la cueva
sino toda la montaña.

13.
ANTÍGONA
La oscuridad le da a mi cuerpo una existencia extraña.
Soy
sólo cuando me palpo o toco la dura piedra de la caverna.
Cuando hablo no sé si hablo, acaso sólo sean palabras que circulan
sin sonido dentro de mi cabeza.
Esto
y la muerte
debo pagar en este tiempo de perversas confusiones.
La piedad, que antiguamente era virtud, hoy me condena
y alarga las desgracias de mi familia.
Los viejos dicen que un antiguo conjuro pesó sobre mi padre y mi madre
y que las desventuras, como las olas de la mar, se repetirán
de una generación a otra.
Y entonces desde aquí, aunque no me escuchen, viejos, yo les recuerdo
una ley del Olimpo
que dice
que nada grande entra en la vida de los hombres
sin alguna maldición.
Si la paz es esa cosa grande, yo soy la maldición, la ola rara
que se estrella y muere en el interior de esta cueva.
Lo siento por ti, amado Hemón. Éramos una mujer y un hombre soñando
ritos nupciales, banquetes y tálamos.
Otro será mi novio ahora, vendrá desde la oscuridad,
y comeré mi manjar, este aire,
y me tenderé sobre esta piedra que ese último día me parecerá de plumas.

14.
NARRADORA
Desde la madrugada,
Hemón camina porque camina, va y viene
a ninguna parte
y sólo se detiene a mirar la montaña donde se consume Antígona.
¿Qué ha sucedido en mi patria
para que ojos tan jóvenes miren con tanta amargura?
Anoche Hemón tuvo un sueño insensato:
Se vio repentinamente muerto
por una dorada flecha disparada por algún dios compadecido,
y así atravesado y finado
entró en sueños en la cueva para buscar entre las sombras
la amada sombra de su prometida.
La luz del alba le advirtió que soñaba, y odió la luz.
Se puso de pie y empezó a caminar al garete: igual
le era pisar yerba, piedra o grava.
Una pregunta le maduró en su deambular:
¿hasta dónde debe ir el amor por un padre? ¿debemos pagar
esa deuda de origen
aun con la aceptación silenciosa de sus injusticias?
Hemón sabe que es pregunta rebelde, pero la lleva en el gesto
mientras sube a hablar con Creonte.

CREONTE
Hijo mío, oí rumor de tu despecho por tu frustrada boda,
pero mírame: soy rey y padre, pero no dos personas, no uno inflexible
y otro blando.
Mi firmeza de casa debe prolongarse a todos los rincones de la patria
donde debo ser obedecido en lo pequeño y en lo justo,
y aun en lo que no lo es.
Engendrar hijos es un riesgo, Hemón.
Los que salen cortos de alma
sólo sirven para burla de los enemigos,
pero yo estoy confiado contigo, te di sentimientos fuertes
y sé que no podrán disolverse ante la apetencia
por el placer de una mujer.
Sepas, además, que sería sospechoso sino gélido
el abrazo desnudo de aquella que se ha portado enemiga
de nuestra estirpe.
Deja que ella encuentre un novio en el Hades
y tú, hijo mío, busca entre otras doncellas
otros campos donde labrar.

HEMÓN
Muy extraño es ser hijo de un poderoso.
Te escucho decir palabras domésticas de padre

juntamente con órdenes y leyes de rey.
Y privilegio siento en no verte
como el alto gobernante que a otros intimida.
Te pido permiso para usar ese privilegio,
y decirte lo que escucho en las calles, entre las sombras:
toda la ciudad llora a Antígona.
Los sencillos ciudadanos censuran la afrentosa muerte
que le estás dando. Dicen:
“aquella que no consintió que su hermano fuera pasto de perros
¿no es acaso más digna de alcanzar honra que castigo?”
Óyelos, padre.
Yo quisiera para ti toda la sabiduría del mundo, pero los dioses
todavía no han creado a tal hombre.
No imites a los soberbios de mil talentos que cuando se les casca
son hueros.
Oye a los sencillos ciudadanos, padre.
Que no te sea humillante el aprender de ellos.
Que tus leyes no sean de tu solo arbitrio, porque no es patria
lo que es posesión de un solo hombre.
También oye a los dioses. Mira la noche
porque en el silencio estelar,
ellos piden que no olvides ni pisotees sus derechos sobre los muertos.
Oye a todos, padre, y cede,
y revoca la dura orden para que todos celebremos la paz
y Antígona la luz.

15.
NARRADORA
Las vivaces cabras saltan de peña en peña
y se aparean
sin sospechar que en el vientre de la soleada montaña
hay una cueva
que es cárcel perpetua y tumba y tálamo.
Hasta allí no penetra el sagrado ojo del día
ni el llanto de amigos y parientes. En ese silencio
la muerte laboriosa envuelve a la joven condenada
en un denso capullo de sombras.

ANTÍGONA
Yo quise ser la justa enterradora
y ser enterrada es el premio que he recogido.
Padre mío,
madre mía,
hermanos Etéocles y Polinices, ya siento que toco las manos de ustedes
que las alargan hacia mí desde el otro mundo.
Moriré sin cantos de himeneo
ni caricias de esposo
ni crianza de un niño. Sólo he llegado a ser hija y hermana grata,
recíbanme como tal.
Curiosa es mi muerte. Mi cuerpo joven
no tiene destructora ni cruel enfermedad,
y aquí no espero el imposible el golpe de una espada ciega
para que yo muera regando mi sangre.
Me estoy acabando lentamente: en la misma medida que consumo la vida
entra en mí
y crece
el dulce abandono que llamamos muerte.

16.
NARRADORA
Un extranjero que cruzara Tebas de paso
vería un pueblo de orden, un rey que gobierna
y un pueblo que labora calmo.
No vería las turbulencias debajo del agua mansa.
¿Quién le diría
que una muchacha está muriendo por piadosa?
¿Quién le informaría
que el joven iracundo que sale de palacio se arrancaría la piel
si con ello dejara de ser hijo del rey?
Y ahora sospechemos que serán más duras las secretas correntadas
porque ahí viene Tiresias, el anciano vidente: mala señal
es su caminar agobiado, que no es por edad sino por el peso
de sus presagios.
Los dioses le dieron a Tiresias una paradoja:
lo cegaron para que viera más lejos,
y así va, confiando sus pasos a un lazarillo, ante Creonte.

TIRESIAS
Tú puedes jurar, rey, que tu trono está sobre amplias bases de mármol.
Yo lo veo al borde de un abismo.
Escúchame:
Están ocurriendo sucesos para el temor.
Los mil pájaros de mi árbol, pájaros de algarabía,
fueron expulsados por grandes aves llenas de cólera
que hicieron del árbol campo de batalla
donde esgrimían garras para sangrarse cruelmente.
Al no comprender esa violencia, acaso
figuración de otra venidera,
yo corrí a ofrecer sacrificios en el altar. Puse sobre el hornillo
las ofrendas habituales, frescos húmeros de oveja y buey, y pequeñas vejigas
de hiel,
y todo untado con grasa para avivar el fuego,
pero, ay, el fuego no levantó sus lenguas,
y la grasa se derritió gota a gota sobre el rescoldo dando gran humo, y la hiel
salpicó el aire oscuro y atosigante.
Dime, Creonte ¿por qué los dioses rechazaron mi sacrificio?
Y asimismo es en todos los altares, y es casa por casa
como una peste. Y aves y perros llegan a los hornillos
como siguiendo una orden
y los atestan con piltrafas arrancadas del cadáver de Polinices.
¿Acaso es necesario mi arte de vidente para interpretar tales signos?
Tú retaste a los dioses, pero todo Tebas paga tu insolencia.
Me retiro pidiéndote que no punces más al cadáver. Entiérralo.
Que se diga que fuiste valiente corrigiendo tu yerro
y no valiente volviendo a matar al que está ya matado.

17.
NARRADORA
Nadie alrededor. Creonte está sentado solo en el centro del gran salón.
Se mira en el espejo
y ve un hombre irritado tomando vino.
Y nadie alrededor.
El vino es de las cepas reales,
pero sus pensamientos caen en el vaso y la bebida se tuerce.
Y nadie alrededor.

CREONTE
¿Quién no está contra mí?
¿Hemón, mi hijo subyugado por una vil mujer?
¿Tiresias, el viejo adivino, que me culpa de las llamas muertas en los altares
sin ver la hartura de los dioses que ya no desean las ofrendas de los pusilánimes?
¿Quién no está disparando flechas contra mí?
¿Quién no me trajinaría como mercancía si hubiera comprador?
Pero una vez más digo: a Polinices
no lo enterrarán nunca en un sepulcro
aunque las águilas
le arranquen piltrafas y las lleven hasta el mismo trono de Zeus.

18.
NARRADORA
Tiresias, el anciano de los ojos muertos,
convierte todo su cuerpo en un enorme ojo, no para ver lo de hoy
sino lo de mañana.
Anoche no pudo entrar en el sueño
y estuvo mirando calamidades
que el tiempo está trayendo rápidamente hacia Tebas.
Apenas sintió el sol del amanecer en su vieja piel
puso la mano sobre el hombro del lazarillo
y enrumbó por el camino de palacio. Lleva premoniciones,
hechos espantables
que ya no puede contener en su boca.

TIRESIAS
Otra vez he venido hasta ti, Creonte, para pedirte que hagas humilde silencio
y escuches cómo vienen
las Furias del Hades
y de los dioses. Se acercan
veloces y vengadoras, y tú eres la presa ineludible.
Tú, porque crees que tu crecido poder alcanza para gobernar otros mundos.
Tienes retenido a Polinices en el mundo de abajo, perteneciendo, como todos los
muertos, al mundo de arriba.
Y en un juego contrario,
tienes en una cueva, que es tumba de muerto,
a Antígona, que aunque desfalleciente, aún es viva.
Anoche me llegaron imágenes de tu desastre. Quise alejarlas
bañando mi frente con agua fresca, pero volvían
una y otra vez. Vi
la terrible cobranza de los dioses: entre todos se llevaban
un ser surgido de tu propio ser, el más querido.
Y aun ahora que hablo contigo
me viene un largo olor de sangre, un olor adelantado, tal vez de mañana.
Evita, Creonte, el vuelo de las Furias, haz que desistan
de su desquite
y regresen a sus mundos. Deja tu ceguera
que es peor que la mía, porque no es de ojos de carne sino de soberbia
y escúchame:
ya sabes que el consejo es mayor cuando aparta el peor de los males,
y este que te dejo es de los mayores: entierra al muerto
y libera a su fiel hermana, y prontamente
porque cada hora
la sangre que viene hacia ti huele más próxima.

19.
NARRADORA
No hay peor tortura que la propia imaginación
y Antígona no cesa en mi mente.
La veo esperando que se forme una imposible gota de agua
en la piedra árida
y caiga en su boca sedienta,
o tanteando en ese mundo inhóspito una yerba amarga
para su infinita hambre,
o pronunciando lentas palabras para que su propia voz la acompañe
mientras entra en el letargo
doblándose sobre sí misma como una figurilla de cera.

ANTÍGONA
(Habla como lejana y jugando con una cinta de seda que ha desatado de su
cintura, la enrolla y desenrolla en su brazo)
Soñé que amanecía. Qué absurdo,
soñé que amanecía.
Tal vez el amanecer esté encima de la montaña,
pero no tendrá la luz esplendente de mi sueño.
La luz que vi era otra
y yo quería entrar en ella y disolverme en su liviandad.
Ay si ese fuera el camino para entrar en el Hades, y ser luz
repentina, cuerpo huido de este suplicio
largo y perverso.
Ay si pudiera tomar ese camino, esa puerta rápida, ese atajo.

20.
NARRADORA
Desde temprano
los clarines reales han llamado a la población a las puertas de palacio,
pero los tebanos, antes sólo gente de acatamiento, hoy
han traído algo para enrostrar. Gritarán
que sus altares siguen inservibles, ahogados como están los fuegos
por las piltrafas de Polinices.
Pero Creonte los ha sorprendido. Ha salido al atrio
con otro rostro. Nadie sabe si por la razón o el miedo,

pero comparable está a un pescador que ha desatado cien nudos toda la noche
y a la mañana siguiente ve satisfecho y en paz su cuerda lisa.
Cien nudos toda la noche, y nadie sabe si desatados
por la razón o el miedo.

CREONTE
Pueblo de Tebas:
dar una orden y luego suspenderla no debe ser costumbre de gobierno,
pero si la dicha orden trae zozobra
y la insistencia en ella
puede estrellar al pueblo y a mí mismo contra la fatalidad,
es hora de revocarla.
Ustedes esperaban íntimamente esta decisión. Que sus corazones entonces
se alegren este día
porque doy licencia para que vayan a hacerle entierro al muerto.
Llévenle
entre cantos
su derecho a ser cobijado por esta su tierra nativa.
Yo voy a hacer el gesto contrario. Marcho a la montaña
a destruir el sello de piedras
que enclaustra a Antígona y la aleja
de la luz
y del amor de mi hijo Hemón, que hace días me sesga su mirada.
Vayamos pronto,
y que los dioses se complazcan viéndonos trabajar en ello.

21.
NARRADORA
El sello de piedras estaba roto
y el recién llegado Creonte miró el forado incrédulo y ofendido,
y abrevió
para los cielos y la tierra
toda su rabia en una pregunta: “¿quién el atrevido?”, gritó.
Por el forado, más hechura de zarpas desesperadas que de manos humanas,
entraron guardias con antorchas y el rey con su cólera.
Y avanzando hacia el fondo oscuro
vino hacia ellos un sobrecogedor lamento. Era la voz
de Hemón,
pero Creonte la negó diciendo que era cruel burla de los dioses.
¿También quisiste negar, rey, la imagen que las antorchas iluminaron?
Antígona colgando de su fino cuello, enlazada
por una cinta de seda roja a la saliente de una roca,
Hemón abrazando su cadáver por la cintura, llorando
su demorado atrevimiento para romper el sello.
Cuando el joven sintió la luz, volteó el rostro y más fuego
que en las antorchas había en sus ojos.

El rencor produce una saliva ácida, y con ella
ensució la cara de su padre
antes de atacarlo con el doble filo de su espada. El hijo
sólo hirió el aire, el sitio vacío
que había dejado el esquivado y ágil cuerpo de Creonte.
Burlado en su ataque, Hemón levantó la espada
y se la hundió a sí mismo en la mitad del pecho. Feroz signo
de ira contra su propio padre.
La vida sólo estuvo con él el tiempo que necesitó para girar,
abrazar a Antígona
y mojar las mejillas pálidas de su novia con la sangre que le subía a la boca.
Oh dioses, en las paredes de la cueva, sus sombras
eran las de dos jóvenes ceñidos
como en día de boda.

22.
NARRADORA
Las muertes de esta historia vienen a mí
no para que haga oficio de contar desgracias ajenas.
Vienen a mí, y tan vivamente, porque son mi propia desgracia:
yo soy la hermana que fue maniatada por el miedo.
Antígona entró en mi casa como un airado y súbito fulgor
y me habló así: “Ismene,
quiero que tus manos me ayuden a sepultar el cadáver de nuestro amado
hermano,
confío
en que habiendo nacido noble
no te haya ganado la villanía”
Sus palabras ardían,
pero yo tenía el ánimo como el de un pequeño animal encogido,
y sabiendo que le asistía razón,
le dije que deliraba, que un aire de locura le había golpeado la cabeza.
Era el miedo, Antígona, porque la muerte sería nuestro pago por enterrarle.
Ven, hermana, te rogué, mejor pidamos a los muertos que nos dispensen
y que prevalezcan sobre nosotras las órdenes de los poderosos vivos,
pero me reprochaste, dijiste: “busca tú, Ismene,
la aprobación del mundo del tirano, yo iré tras la gracia
de los dioses”, y te fuiste
a la colina de nuestro muerto.
(Abre la caja que trajo al principio de la obra y descubre la mascarilla mortuoria
de Polinices. La toma entre sus manos y hace el gesto de tres libaciones)
Antígona,
¿ves este mundo de abajo?
El palacio tiene ahora un profundo silencio de mausoleo
y desde ahí nos gobierna un cadáver que respira, un rey
atormentado
que velozmente se hace viejo.
Hermana mía, mira:
este es el rostro de nuestro hermano antes de los perros
y los buitres y la podredumbre,
y estas libaciones tardías son de mi pequeña alma culposa.
En tu elevado reino
pídele a Polinices que me perdone la tarea que no hice a tiempo
porque me acobardó el ceño del poder, y dile
que ya tengo castigo grande:
el recordar cada día tu gesto
que me tortura
y me avergüenza.
(estrella la mascarilla contra el piso y de la caja saca tierra que deja caer sobre
los fragmentos)

Telón.

………………………………………

NOTA DEL AUTOR
Esta obra fue estrenada el 24 de febrero del 2000 en el teatro del grupo Yuyachkani, Lima, Perú. Fue interpretada por Teresa Ralli y dirigida por Miguel Rubio.
Aunque concebida originalmente para actuación unipersonal, la obra puede ser interpretada por varios autores.


CELCIT. Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral
www.celcit.org.ar

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